Los hechos deben suceder a las palabras. Las palabras tienen caducidad si detrás de las mismas no hay hechos consecuentes con las mismas. El problema no es solo que las palabras dejen de tener valor sino que también lo pierde el que las pronuncia.
Las palabras son muy fáciles de ser pronunciadas o escritas, los hechos requieren el valor de la acción. Las palabras son solo teoría, los hechos son la práctica.
Esto no quiere decir que no podamos rectificar, al contrario, si nos hemos equivocado rectifiquemos cuanto antes, pero expliquemos antes por qué lo hemos hecho, después el tiempo dirá si la primera intención era la acertada o no, tal vez el tiempo también dicte si las sucesivas rectificaciones también lo eran.
No se trata tanto de acertar como de ser consecuente con el discurso y con los cambios que se hagan en el mismo. Acertar tiene su valor pero como persona, como gestor o como compañero pierdes valor si tu voz y tus actos siguen caminos divergentes.