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Archivos diarios: enero 2, 2010

He tenido la oportunidad de ver un documental que emitió en su día Documentos TV llamado “Paraísos Fiscales, la gran evasión” (que recomiendo su visión, para que cada cual extraiga sus propias conclusiones) y me ha dejado tremendamente enfadado. Una cosa es la optimización fiscal y otra tomarnos el pelo al resto del mundo.

Yo puedo entender que cualquier persona, rico o pobre, busque alternativas para reducir los impuestos que tiene que pagar, pero una cosa es eso y otra que prácticamente se busquen mecanismos legalmente establecidos, pero éticamente discutibles, para evitar o reducir en su inmensa medida el pago de los mismos.

Uno de esos mecanismos son los paraísos fiscales o centros de servicios financieros (como eufemísticamente se les conocen), lugares del mundo donde las políticas fiscales son muy ventajosas para empresas o personas que decidan operar desde allí (aunque no hayan pisado dicho territorio en su vida). Es decir, yo puedo vivir en el país X, operar desde el paraíso fiscal Y y tanto X como Y recibir en impuestos una cantidad minúscula. Mientras que yo ciudadano del país X, que vivo y trabajo en el país X, tengo que ver como una buena parte de mis ingresos en materia de salario van a parar a las arcas del estado en forma de impuestos.

Los paraísos fiscales hacen que los ricos sean más ricos y que cada vez estén más alejados de la clase media y de los pobres. Como los paráisos fiscales están mundialmente aceptados, ya entra en la ética personal de cada individuo o empresa el utilizarlos o no. Yo, francamente, como no soy rico, no entiendo cómo determinadas personas una vez que alcanzan un determinado nivel económico pueden seguir con el afán de seguir acumulando más dinero, es decir, no sé qué satisfacción se consigue al comprar el cuarto Ferrari, el tercer yate o el quinto chalet.

No hay nada malo en ser rico, lo que no es justo es que determinadas personas o instituciones aprovechen todos los medios a su alcance, para no colaborar con el desarrollo de un país y sus servicios sociales básicos evitando o reduciendo al límite el pago de impuestos. Eso es lo que nunca compartiré.

Algunos de los lectores de mi blog, dirán, “pero sin embargo, tú sí que estás de acuerdo con la existencia de offshores de producción de software”. Y tienen razón, estoy de acuerdo, pero podéis repasar los artículos que he escrito sobre la materia en los que señalo, que estoy a favor de los mismos siempre que éstos supongan unos beneficios para los trabajadores y el territorio en el que se encuentran ubicados, ya que cuando yo hablo de Offshore de producción, no hago referencia a la optimización fiscal, sino a la optimización de los costes de producción, es decir, el objetivo último no es la optimización fiscal, aunque se obtenga algún beneficio por la implantación del centro de producción en un determinado territorio. También he señalado en mis artículos que los trabajadores que de estos centros deben tener la misma igualdad de oportunidades que los que trabajan en los centros principales de desarrollo de la compañía y se les brinde la posibilidad de quién lo desee y haya hecho méritos para conseguirlo, progrese en la misma independientemente de la localización que elija para continuar con su carrera profesional. Es decir, creo en el modelo del todos ganan, no en un modelo donde sólo gana una parte.