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Archivos Mensuales: enero 2011

John le Carré es un escritor y diplomático británico, especializado en la Guerra fría y en la política internacional.

Una de sus citas más conocidas es la siguiente (traducción libre): “Un despacho (escritorio) es un lugar peligroso desde el cual ver el mundo”.

Muchos gestores tienen fobia a mancharse las manos, a vivir en primera persona qué es lo que está pasando. Dentro de las paredes del despacho solo se tiene la fría imagen que proporcionan los números y los informes que se reciben en persona y/o por escrito de los responsables que se encuentran situados en niveles inferiores de la jerarquía.

Cierto es que cuando se llegan a determinadas posiciones es humanamente imposible tratar el día a día, no va este artículo de convencer a los gestores para que se conviertan en superhombres, sino para que de vez en cuando, bajen al ruedo y vean lo que realmente está pasando porque es ahí donde se decide el futuro de la empresa, es ahí donde los objetivos y líneas estratégicas marcadas se convierten en realidad o ficción.

El que paga establece las condiciones. No quiere decir que no se escuche al proveedor, que no se consensúe una solución o que incluso se le deje cierto margen de maniobra, pero llegado el momento en el que hay que tomar decisiones o establecer un determinado tipo de estrategia y las partes no conciben una solución común, el que paga tiene que mirar por sus propios intereses y elegir la opción que crea que más le conviene.

Después se acertará o se fallará, pero el resultado que se obtenga vendrá motivado por intentar elegir lo que se piensa que es más idóneo para la organización y eso es importante y siempre será mejor que un resultado del mismo signo obtenido sin criterio o dejándolo en manos de quienes tienen otros intereses.

Si un proyecto trata de construir un entorno favorable para él en un proyecto a costa de los intereses del proveedor, es muy probable que esté poniendo la primera piedra del puente que lo llevará muy lejos del mismo más pronto que tarde.

¿Cuántas veces nuestro cuerpo está en un sitio pero nuestra mente se encuentra a años luz de distancia? Que nos suceda esto, es inevitable, forma parte de nosotros mismos. Ahora bien, como todas las cosas que son generadas por nosotros mismos, pueden ser controladas, es cuestión de tener conciencia de en qué momentos es necesario que estemos presentes, con toda nuestra atención centrada en lo que estamos haciendo y qué momentos podemos bajar la guardia y dejarnos arrastrar por nuestros pensamientos o por nuestros deseos de soñar despiertos.

También es importante que entendamos que a veces las circunstancias personales pueden provocar que nos evadamos. Cuando esto suceda y disminuya temporalmente nuestro nivel de atención, no tenemos que culparnos por nada porque sería lo mismo que echarnos las culpas por ser seres humanos. En cualquier caso, cuando tenemos ya tenemos programado en nuestra cabeza los momentos en que necesariamente tenemos que estar presentes, se atenuarán en gran medida esas distracciones, salvo, que como es lógico, se traten de circunstancias serias.

Si no estamos presentes, afecta a nuestra productividad y a nuestros resultados. Podemos tener muy buenas técnicas para intentar sacar la mayor cantidad de trabajo efectivo por unidad de tiempo, ser unos excelentes profesionales, pero si no estamos todo eso queda en un segundo plano, ya que nuestra atención y capacidad mental están de paseo cogidas de la mano de nuestros pensamientos, ya sea en un jardín con flores o en un desierto oscuro, pero en cualquier caso muy lejos de aqui.

Casi todo en la vida son transacciones. Yo te doy y espero que de alguna manera me lo devuelvas. No se trata de dinero o que te devuelvan exactamente lo mismo que has dado sino que de alguna manera te correspondan con algo que te sirva (y no todo lo que te sirve tiene que ser necesariamente útil).

El casi lo pone el amor. Cuando se ama se diluye el deseo de proporcionalidad. Se ama a pocas personas realmente, a tu pareja, tus hijos, tus padres, hermanos y algunos miembros de tu familia. Para todo lo demás, las relaciones se sustentan en el intercambio.

Si no entregas nada lo más probable es que no recibas nada, si entregas cosas buenas lo más probable es que te sean correspondidas y si no es así la relación terminará por difuminarse.

No existe respeto a través del miedo o de la imposición. Puede dar la sensación de que con el látigo te pueden tener más en cuenta, pero eso no es respeto, es temor.

El respeto se consigue con el día a día a través de tus actitudes y aptitudes, si vas por el camino correcto vendrá solo. Cuenta mucho tu pasado, pero si no se refrenda con el presente, salvo que lo que hayas hecho sobresalga y mucho de lo normal, el respeto se diluye como un terrón de azúcar en un café.

No puedes pretender que te respete todo el mundo, no todo el mundo tiene por qué compartir tu forma de hacer las cosas, tu forma de entender la vida o tu trabajo. Sin embargo, por arte de magia, si tus actos generan respeto, lo hará a aquellas personas que realmente te interesan o te pueden proporcionar algún valor.

Agha Hasan Abedi comentó (traducción libre): “La definición convencional de management es desarrollar trabajo a través de las personas, sin embargo el verdadero management consiste en desarrollar a las personas a través del trabajo”.

No le faltaba razón. Existen muchas formas de conseguir resultados, pero pocas que lleven aparejadas la evolución del personal que lo consigue.

Si las personas quedan siempre en un segundo plano, tratándolas como a instrumentos, terminarán desmotivadas o marchándose, en cualquiera de los casos se pierde.

Tratar a las personas como personas, ¿tan difícil resulta?.

Hace más de año y medio que escribí un artículo dedicado a la Crisis del Software.

Desde entonces hasta ahora no cambia un ápice mi opinión sobre este asunto y me temo que si dentro de año y medio vuelvo a tratar el tema, la situación no cambiará. Para que todo esto cambie se requiere un cambio en la mentalidad tanto las organizaciones como en los que nos dedicamos a esto y no tengo muy claro que ni unos ni otros estén muy por la labor. Esta circunstancia provoca que los pasos que se dan sean tan pequeños que consigan dejar atrás la crisis del software.

Por regla general, el software que se entrega: incumple plazos, presupuestos y expectativas.

No toda la culpa es siempre del equipo de proyecto, también tiene mucha responsabilidad el área usuaria, pero tengo la convicción de que si el proceso de desarrollo de software se realizase siguiendo unos principios de ingeniería, con personal lo suficientemente formado y consciente de la importancia de hacer sus tareas de una determinada manera, se mejorarían indudablemente los resultados.

Lo anterior debe venir acompañado necesariamente por unos presupuestos y plazos acordes a la naturaleza del proyecto. Si no son realistas no se podrán conseguir milagros por muy buenas prácticas que se sigan y por muy bueno que sea el equipo de proyecto.

Con todo lo anterior podemos decir que una situación de partida a partir de la cual existe la posibilidad de que el proyecto salga bien, es la siguiente:

procedimientos + metodología + ingeniería + equipo de proyecto formado + usuarios con dedicación y responsabilidad en el proyecto + presupuesto adecuado + plazos asumibles.

Son muchas variables, ¿verdad? Pues habría decenas más. La idea es que cuentas más se cumplan, más posibilidades hay de que la situación de partida sea buena.

¿Por qué hablo de situación de partida y no del proyecto? Pues porque lo segundo se ve muy condicionado por lo primero. Sin una buena base el proyecto se tambalea.

En el desarrollo de software, nada asegura nada y por supuesto que una situación de partida adecuada no implica el éxito en el proceso de desarrollo de software, pero por lo menos ofrece un catálogo de oportunidades mucho mayor, lo suficiente para que el número de casos de éxito crezcan paulatinamente y para que esta forma de concebir el trabajo y los proyectos vaya calando y madurando y se produzca un efecto que realimente todo el proceso y vaya dejando atrás, esa lacra que nos acompaña desde que el desarrollo de software empezó a cobrar relevancia respecto a los sistemas físicos.