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Archivos diarios: abril 18, 2011

En este artículo no voy a tratar del vestido que utilizan los religiosos sino de algo que se encuentra en nuestro interior.

Los seres humanos estamos llenos de hábitos, estamos llenos de automatismos, de formas de afrontar situaciones y de percibir el entorno. Tenemos hábitos buenos y malos, adquiridos a lo largo de nuestra vida ya sea por nuestra experiencia, por lo que se nos ha inculcado desde pequeños y por lo que hemos aprendido.

Nuestros hábitos nos condicionan porque si bien el cerebro consciente es el que dirige, el inconsciente es quien actúa continuamente, el que hace el trabajo sucio. Finalmente lo que conseguimos es el resultado de nuestros hábitos, por lo que los mismos nos definen.

Tenemos la posibilidad de modificar nuestros hábitos, por lo que podemos cambiar. Si no conseguimos nuestros objetivos, nuestras metas, nuestros sueños, tendrán mucho que ver lo que tenemos automatizado dentro de nosotros, tanto lo que creemos controlar como lo que no. ¿No te has sentido muchas veces mal de ánimo y no entiendes por qué?, ¿no te sientes eufórico y no lo consigues asociar con algo? Nuestro inconsciente actúa, procesa y devuelve resultados, no siempre de forma instantánea.

Los hábitos se graban en el subconsciente por lo que se requiere de un trabajo profundo desde el cerebro consciente para modificarlos. Nada es fácil, esto tampoco. Eso sí, la recompensa de cambiar malos hábitos por otros buenos merece la pena.

La respuesta es que no. El cliente podrá o no establecer unas directrices técnicas y unos requisitos de calidad del código a cumplir por el proveedor, pero desde mi punto de vista, una organización que se dedica al desarrollo de software para terceros debe tener unos estándares de calidad y unos mecanismos para su revisión. Lo mismo si se dedican a desarrollar productos.

La realidad es que por regla general, las empresas de desarrollo de software no se preocupan por cumplir unos objetivos en cuanto a la calidad del código.

Con lo anterior no quiero decir que no desarrollen software de calidad (desde el punto de vista técnico) o que verifiquen lo que les pide el cliente en ese sentido, a lo que me refiero es que no establecen unos controles internos en base a cumplir unos objetivos, es decir o no se mide o si se mide no se presta excesiva atención a ello (salvo que sea algo que salte a la vista de manera abrumadora).

Es posible que algún lector esté pensando, ¿pero tan importante resulta?. No es cuestión en este caso de entrar a valorar si es útil o no desarrollar software con calidad en su codificación o si lo funcional debe primar, sino de que una organización tenga su propio sello en lo que a calidad se refiere y unos mecanismos para controlar lo que se entrega y para la mejora continua.

Lo funcional prima hasta que toca mantener el software y entra en juego la deuda técnica. ¿Cuántas aplicaciones cumplen en lo funcional de manera más que decente pero a la hora de tener que modificarlas no hay por dónde cogerlas?. Si entregas software de calidad deficiente, tal vez el cliente tarde en detectarlo, pero si has desarrollado varias aplicaciones y su mantenimiento resulta un quebradero de cabeza, no podrás esperar que el cliente esté satisfecho (pese a que lo estuviera en un principio por el hecho de que la aplicación funcionase por encima de los mínimos exigibles).

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