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Archivos diarios: abril 6, 2012

La implantación de un nuevo sistema de información debe mejorar la gestión del proceso o procesos que informatiza y que antes se gestionaban por otros medios (incluso otro sistema de información).

Ese mejora debe ser vista como el resultado de las ventajas e inconvenientes que ha traído consigo la nueva solución y su retorno de la inversión (aunque no sea cuantificable directamente en términos económicos).

La productividad en el uso de un sistema de información es una de las variables más significativas a tener en cuenta y es un objetivo a conseguir en el desarrollo de un sistema pero, eso sí, dentro de los límites razonables del esfuerzo que se puede invertir en un proyecto, es decir, lo mismo si nos centramos en automatizar completamente una actividad del proceso lo mismo nos quedamos sin poder desarrollar otras actividades igualmente importantes.

Olin Shivers es profesor de la Northeastern University en Boston y tiene una cita que como propósito personal está bien, pero que es necesario contextualizar de manera adecuada: “Me niego a hacer cosas que los ordenadores puedan hacer”.

Precisamente frases con un sentido similar las escuchamos de los usuarios cuando pretenden automatizar tareas cuyo coste de desarrollo supera con creces los beneficios que aportará la solución.

Si hay algo sencillo, por repetitivo y simple, que nos encontramos en el desarrollo de sistemas de información, lo encontramos en la gestión de usuarios. La mayoría tiene gestión de usuarios, por lo que debería ser algo que tendría que estar solucionado de manera sencilla tanto a nivel de programación (y del generador de código correspondiente) como a nivel de la organización para la que se realiza el desarrollo.

¿Cuál es la realidad?

– Organizaciones que no tienen una política común de gestión de usuarios en las que conocer los usuarios que tienen acceso a un sistema de información o conocer los accesos de los mismos a los sistemas requiere el trabajo artesanal de prácticamente obtener ese listado de cada aplicación y después fusionarlo.

– Organizaciones que no tienen definidos procesos a nivel organizativa para el alta y baja de usuarios, lo que provoca que retrasos en la gestión de los mismos y también que no se compruebe de manera adecuada por qué un usuario ha solicitado acceso a un determinado sistema y si efectivamente requiere el acceso al mismo para realizar su trabajo.

– Políticas de usuarios que no verifican si los mismos han elegido contraseñas robustas, que obliguen a cambiarlas cada cierto tiempo (si es que el sistema permite que los usuarios la puedan cambiar, que eso es otra) y que restrinjan por sesión el número de intentos posibles. O bien la utilización de estrategias alternativas, como la utilización del certificado digital como medio para acceder a los sistemas a los que se les haya concedido la autorización correspondiente.

– Volver a implementar en cada sistema que se desarrolle las pantallas necesarias para gestionar los usuarios del sistema de información.

Dícese de añadir horas de más en los incurridos de un proyecto concreto y que no han sido empleadas en él, ya sea porque se han empleado en otro proyecto o porque no se ha hecho nada.

En la facturación virtual se dan circunstancias paradójicas y mágicas como que una persona en un día trabaje más de 24 horas o que en una hora concreta esté trabajando simultáneamente en tres proyectos.

También lo es que se facturen jornadas completas cuando ese día no se ha ido a trabajar o simplemente ha trabajado una porción de la misma, así como que personas con perfiles bajos estén facturando como si fueran de perfiles muy superiores.

Se considera también parte de la facturación virtual incurrir en el cliente la falta de productividad galopante de determinados miembros del equipo de proyecto.

Lo peor de todo esto es que habrá pocos que lean este artículo y no hayan conocido circunstancias como estas.

Vergüenzas como esta son las que han colocado nuestra profesión donde se encuentra.