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Archivos diarios: septiembre 6, 2013

Decía Demócrito que: “El hombre es un mundo en miniatura”.

Esa cita resume perfectamente la complejidad de la gestión de personas ya que por mucho que te esfuerces por aplicar políticas o métodos de trabajo que sean lo más justos posibles para la mayor número de personas, al final siempre habrá personas descontentas, un muchos casos con razón, porque la aplicación del teorema del punto gordo (todo el mundo igual) creará situaciones de injusticia.

Eso va a pasar y hay que tenerlo presente para recorrer la milla extra que conseguirá realizar los ajustes necesarios para tener a más personas contentas. Una persona contenta, que se siente valorada y que se le trata con justicia siempre rendirá más que una persona que no lo está (por mucho esfuerzo que se haga, al final, se terminará reduciendo la productividad).

Si las políticas generales ya son de por sí injustas, equivocadas y/o ignoran a la gente, se terminará volviendo más pronto que tarde contra de la organización o del gestor porque ya no se trata de un problema de no aplicar determinadas políticas más localistas o específicas para resolver casuísticas concretas sino que se trata de que la base o núcleo de la gestión de personas está contaminada y eso no se puede parchear durante mucho tiempo.

Si esas políticas resultan acertadas, teniendo en cuenta siempre que todo evoluciona y que todo es mejorable (lo que hará necesario ajustes periódicos o de lo contrario se terminarán contaminando), toca recorrer esa milla extra que es tratar casos más particulares que pueden afectar a personas, proyectos o departamentos concretos y que se pueden ver atrapados por una política que no se ajusta a la naturaleza de su trabajo, de su esfuerzo o de sus resultados.

Las excepciones hay que saber gestionarlas y deben estar justificadas pero si no las haces le estás restando a tus procesos una flexibilidad que resulta, a todas luces, necesaria.

Incluso así habrá personas que sentirán que se les trata de manera injusta, unas tendrán razón (el objetivo es que este número de personas tienda a cero, pero eso es prácticamente imposible, complejidad que, además, se incrementa exponencialmente con el tamaño de la organización) y otras simplemente tienen unas expectativas demasiado altas para el trabajo que realizan realmente.

Decía Tales de Mileto que: “Muchas palabras no dan prueba del hombre sabio, porque el sabio no ha de hablar sino cuando la necesidad demanda, y las palabras han de ser medidas y correspondientes a la necesidad”.

De discursos, promesas incumplidas, palabras vacías basadas en teoría pero no perfeccionadas con la práctica estamos continuamente rodeados y reconozcamos también que, en muchas ocasiones, somos partícipes en primera persona de las mismas.

Somos muy dados también, y el que no esté libre de pecado que tire la primera piedra, a no ser oportunos en nuestras opiniones y consejos. Es importante saber medir el momento preciso porque lo mismo, aunque tengamos razón, lo estamos haciendo a destiempo y terminan perjudicando más que ayudando.

Todo es más fácil visto desde fuera, todo se ve más fácil cuando no se está en la trinchera, otra cosa es que estas visiones reflejen la realidad ya que el detalle requiere más proximidad y que nos manchemos las manos.

¿Quiere decir esto que solo son válidas las opiniones desde dentro? No todas, no siempre, ya que apagar incendios de manera continua o ver siempre los árboles justo delante no ayuda a tener una visión más panorámica y más fría de la situación.

Por este motivo, el equilibrio resulta esencial, escuchar opiniones de fuera, opinar con objetividad y cuando sea necesario, escuchar opiniones desde dentro y no olvidar que en potencia cualquier persona puede aportar al proyecto.