Evita el despilfarro

Tu reputación, tus alianzas, la búsqueda de la oportunidad y tu adaptación a los precios de mercado resultan fundamentales para ser competitivo en un ecosistema tan difícil como es el de los servicios de desarrollo de software o el de sus productos.

Una vez conseguido el contrato, si el mismo se encuentra dentro de unos parámetros razonables de alcance y precio, existirá probabilidad de conseguir beneficios si hay un buen entendimiento con el cliente, en el que se repartan responsabilidades y se conozcan las reglas del juego y si se es productivo (existen, todos los sabemos, infinidad de circunstancias que pueden complicar un proyecto, lo que he hecho es señalar un contexto que, de entrada, puede ser favorable).

Ser competitivo y poder sobrevivir de manera adecuada incluso en períodos de escasez requiere la adopción de una serie de medidas, una de ellas es evitar el despilfarro, entendiéndose éste como todo gasto totalmente innecesario y con bajas expectativas de retorno, siendo su gravedad proporcional al importe y a su posible carácter estructural.

Dentro del ámbito de un proyecto, el despilfarro (generalmente provocado por el cliente, pero en muchos casos alentado por el proveedor) se centrará en el desarrollo de funcionalidades innecesarias, en añadir complejidad adicional, en reinventar la rueda, en la pérdida de un ritmo de desarrollo y en la falta de intención. También lo podremos encontrar en procesos que no se adaptan a la naturaleza del producto a desarrollar y que provoca la generación de entregables sin utilidad real para el proyecto.

A más alto nivel, una organización despilfarra cuando contrata proyectos de desarrollo o productos que no necesita o para procesos que, por su inestabilidad, sería aconsejable esperar tiempos mejores. También se tira el dinero cuando se contratan servicios con un nivel de calidad o servicio superior al que se necesita, esto es equivalente a comprar mucha más comida de la que necesita y a llenar semanalmente el cubo de basura con todo lo que se ha echado a perder o llenar un almacén con más materia prima de la que se necesita incurriendo en los siguientes costes: gasto de almacenamiento y gasto por la materia prima adicional (que se puede deteriorar por el paso del tiempo).

Ese despilfarro se termina convirtiendo en estructural en el momento en que esos sistemas o productos se convierten con más o menos éxito en herramientas de trabajo, lo que obliga a seguir invirtiendo en ellos.

Este crecimiento sin orden y sin medida, basado en la suposición de que cada vez se va a tener más presupuesto, termina por colapsar en el momento en que se interrumpe ese flujo de dinero, que provocará que el mantenimiento y soporte para muchas de esas aplicaciones o productos sea precario o inexistente.

En períodos de abundancia parece que todo vale y nada importa, pero cuando las cosas no van bien, te acuerdas de cada céntimo de euro que has tirado o que tienes comprometido en proyectos, productos o servicios prescindibles. No se trata de mirar por el dinero exclusivamente cuando todo va mal, ya que lo mismo es demasiado tarde, sino de saber qué se está haciendo cuando se tiene éxito.

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